
¡Un momento! ¿Quién ha puesto esa nariz ahí y por qué parece que uno de los ojos está a punto de salir disparado? Con el Sr. Patata nunca se sabe qué pieza terminará en el sitio más inesperado, y precisamente ahí está buena parte de la gracia. El famoso personaje de Toy Story puede cambiar de aspecto con solo mover sus accesorios, pero hay algo que casi siempre permanece igual: esa expresión suya entre gruñona, desconfiada y divertidísima que parece anunciar que tiene un comentario preparado para cualquier situación. Los dibujos del Sr. Patata para colorear permiten llevar todo ese humor al papel, imprimir una página y convertir cada pieza en una pequeña decisión creativa.
En España lo conocemos como Sr. Patata, aunque su nombre original en inglés es Mr. Potato Head. Basta mirar su silueta para reconocerlo enseguida. Su cuerpo con forma de patata, los ojos, la nariz, las orejas, los brazos, los zapatos y ese inconfundible bigote consiguen formar un personaje que parece sencillo, pero que ofrece un montón de posibilidades cuando llega la hora de pintar. Cada elemento se puede trabajar por separado y cualquier cambio de color modifica por completo el resultado.
Eso hace que sea un personaje genial para los peques a los que les encanta experimentar. No hay que empezar necesariamente por el cuerpo ni seguir ningún orden. Uno puede lanzarse primero a por el sombrero, otro preferirá colorear los zapatos y alguno se quedará un buen rato pensando qué tono escoger para la nariz. Incluso dos niños que partan exactamente del mismo dibujo pueden terminar con versiones del Sr. Patata que no se parezcan en nada.
Y tiene todo el sentido del mundo, porque cambiar piezas forma parte de la propia identidad del personaje. El juguete del Sr. Patata está pensado para montar y combinar distintas partes del cuerpo y accesorios. Disney comercializa en España juegos en los que los niños pueden mezclar ojos, zapatos, orejas, narices, labios, brazos, sombreros y otras piezas. En una página para colorear, esa idea puede continuar sin necesidad de tener las piezas físicas delante. Aquí son los lápices, las ceras y los rotuladores los que se encargan de darle un aspecto distinto cada vez.
Un día puede aparecer elegante, con todos sus accesorios perfectamente combinados. Al siguiente puede convertirse en la patata más estrafalaria de la habitación, con colores que nadie habría imaginado juntos. Y si alguien decide dibujarle unas gafas gigantes, un sombrero nuevo o unos zapatos llenos de estrellas, tampoco pasa nada. Sería bastante raro pedirle seriedad a un personaje capaz de desmontarse la cara.
Su manera de ser también da mucho juego. El Sr. Patata tiene fama de gruñón y sarcástico, y suele reaccionar a las situaciones con ese humor seco que lo hace tan reconocible dentro de Toy Story. Puede mirar a los demás como si acabaran de tener la peor idea del mundo, enfadarse, protestar y soltar algún comentario en el momento justo. Ese carácter permite imaginar una historia diferente detrás de cada dibujo.
Quizá en una página esté mirando así porque no encuentra una oreja. En otra puede estar convencido de que Hamm ha hecho alguna trastada. Puede que Rex se haya asustado otra vez y el Sr. Patata esté perdiendo la paciencia. O tal vez Woody y Buzz estén discutiendo mientras él observa la escena pensando que aquello le resulta demasiado familiar. La imagen no necesita contar toda la historia. Los niños pueden inventar lo que ha ocurrido antes y decidir qué pasará después.
Una forma muy divertida de jugar consiste en colorear primero la cara y elegir después qué emoción parece tener. Con unas cejas marcadas puede parecer enfadado. Cambiando algunos detalles con lápiz, quizá pase a estar sorprendido. Una boca diferente puede convertir la misma expresión en algo mucho más cómico. Para los más pequeños, esta clase de juego permite hablar de emociones sin que parezca una ficha del cole.
Los padres pueden preguntar qué cree el niño que está pensando el personaje y dejar que aparezcan respuestas disparatadas. Puede estar preocupado porque su nariz ha desaparecido, enfadado porque alguien lleva sus zapatos o muerto de risa porque Rex se ha llevado un susto. La gracia está en escuchar lo que inventa cada peque, porque muchas veces la explicación acaba siendo incluso más divertida que el dibujo.
También se puede aprovechar la página para dibujar. Cuando el Sr. Patata ya esté coloreado, queda espacio para añadir cosas alrededor. Una caja de juguetes, varias piezas perdidas por el suelo, un rincón de la habitación de Bonnie o cualquier escenario imaginado pueden transformar una figura aislada en una escena completa. Quien tenga muchas ganas de crear puede sumar a Woody, Buzz Lightyear, Jessie, Rex, Hamm o Slinky.
No hace falta copiar ninguna escena de las películas. De hecho, suele ser mucho más entretenido inventar una nueva. El Sr. Patata podría estar organizando una búsqueda para encontrar su sombrero. Buzz podría intentar convertir el asunto en una misión espacial. Rex seguramente estaría nervioso y Woody intentaría que todos mantuvieran la calma. Con unos cuantos trazos alrededor del personaje, un dibujo para colorear puede convertirse en el principio de una aventura que solo existe en la imaginación de quien la está pintando.
Su lado más cascarrabias tampoco cuenta toda la historia. Aunque le gusta protestar y muchas veces parece estar de mal humor, el Sr. Patata forma parte del grupo de juguetes que ha compartido las aventuras de Toy Story durante años. Se preocupa por sus compañeros y también tiene un vínculo muy especial con la Sra. Patata. Esa mezcla entre ternura y mal genio es una de las razones por las que resulta tan gracioso.
La Sra. Patata puede ser una compañera estupenda para ampliar la actividad. Después de imprimir y colorear al Sr. Patata, los niños pueden dibujarla a su lado o buscar otra página para pintarla también. Luego viene la pregunta inevitable: ¿qué estarán diciendo? Quizá están decidiendo dónde guardar todas sus piezas. Puede que estén preparándose para salir con los demás juguetes. O tal vez ella acaba de encontrar algo que él llevaba un buen rato buscando.
Los dibujos también permiten montar un pequeño reto familiar. Se imprimen varias copias de la misma imagen y cada persona tiene que colorearla sin mirar la de los demás. Una vez terminadas, se ponen todas juntas sobre la mesa. Es muy difícil que salgan dos iguales. Alguien habrá escogido colores parecidos a los del personaje, otro habrá hecho una versión completamente loca y probablemente aparezca alguna combinación que provoque unas cuantas carcajadas.
Otra posibilidad consiste en compartir una sola hoja. Cada persona escoge una parte y decide su color. Uno se ocupa del sombrero, otro de los zapatos, otro de los brazos y alguien se queda con la cara. Nadie puede cambiar lo que ha elegido el anterior. El Sr. Patata resultante puede acabar siendo una auténtica mezcla de estilos, algo que le pega bastante a un juguete cuya gracia consiste precisamente en combinar piezas.
Para pintar se pueden utilizar materiales distintos según la edad y las ganas de experimentar. Los lápices de colores permiten trabajar con calma y añadir pequeños detalles. Las ceras son cómodas para rellenar zonas grandes y dejar colores intensos. Los rotuladores funcionan muy bien cuando se busca un acabado llamativo. Con papel adecuado y supervisión de un adulto, las témperas o pinturas lavables pueden convertir la actividad en algo todavía más creativo.
También se puede imprimir la misma página varias veces y probar una técnica diferente en cada copia. Una puede quedar pintada con colores suaves. Otra puede llenarse de tonos vivos. En la tercera se pueden añadir rayas, lunares, estrellas o pequeños dibujos dentro de los accesorios. De esta manera, el mismo Sr. Patata parece convertirse en varios personajes distintos.
En Toy Story 5, los juguetes se encuentran ante un reto muy diferente al de otras aventuras. Lilypad, una nueva tableta con forma de rana, entra en la vida de Bonnie y pone frente a frente la diversión con juguetes tradicionales y una nueva forma de entretenimiento tecnológico. El Sr. Patata forma parte de ese universo en el que los juguetes tienen que adaptarse a los cambios que llegan a la habitación de su niña.
Para una actividad creativa, esta idea puede dar pie a situaciones buenísimas. Un niño puede dibujar una tableta al lado del Sr. Patata y decidir qué cara pondría al verla. Conociendo su carácter, seguramente habrá muchas expresiones posibles. Puede parecer desconfiado, curioso, molesto o preparado para soltar una de sus respuestas. El peque puede añadir un bocadillo de diálogo y escribir dentro aquello que imagina que diría.
No hace falta que la frase sea larga. Los niños que están empezando a escribir pueden poner unas pocas palabras. Los mayores pueden inventar una conversación completa. Si participan hermanos o amigos, cada uno puede interpretar a un personaje diferente y continuar la historia a partir de lo que haya escrito el anterior. Así, pintar, dibujar y escribir quedan unidos dentro del mismo juego sin convertirlo en un ejercicio pesado.
Con niños pequeños, el dibujo sirve para algo todavía más sencillo. Mientras colorean, pueden identificar las distintas partes del personaje. ¿Dónde están los ojos? ¿Y las orejas? ¿Qué parte falta todavía por pintar? ¿Dónde tiene los brazos? Esta forma de hablar sobre el dibujo ayuda a mantenerlos atentos mientras disfrutan de la actividad y descubren detalles del personaje.
Los niños algo mayores pueden fijarse en otros elementos. Pueden intentar no salirse de los contornos, combinar tonos, crear sombras sencillas o inventar texturas. Un sombrero puede tener rayas. Los zapatos pueden llevar pequeños dibujos. El bigote puede pintarse de una forma totalmente inesperada. También pueden diseñar nuevas piezas en otra hoja, recortarlas con ayuda de un adulto e imaginar cómo quedarían colocadas sobre el personaje.
Ahí empieza una de las partes más divertidas. Si el Sr. Patata puede cambiar de piezas, ¿por qué limitarse a las que ya existen? Los peques pueden dibujar sus propios accesorios. Unas gafas enormes, una corona, un casco de astronauta, un lazo, unas zapatillas gigantes o una nariz completamente absurda pueden entrar en la colección. Cuanto más disparatada sea la propuesta, mejor funciona el juego.
En el aula, varios dibujos juntos pueden formar un mural de Toy Story lleno de versiones distintas del Sr. Patata. Cada niño puede explicar qué colores ha elegido o contar qué está ocurriendo en su imagen. Uno quizá lo haya dibujado de excursión, otro puede haber añadido a Buzz y otro puede decidir que todas sus piezas se han mezclado. Partiendo del mismo personaje, aparecen historias completamente diferentes.
En casa, los dibujos terminados pueden guardarse en una carpeta junto a otras páginas de Toy Story. Poco a poco se puede montar una colección con Woody, Buzz, Jessie, Rex y los demás juguetes. Los favoritos pueden colocarse en la habitación, en la nevera o en algún rincón reservado para las creaciones de los niños. Ver varias ilustraciones juntas suele despertar nuevas ideas para la siguiente.
Incluso resulta curioso volver a colorear al mismo personaje después de un tiempo. Los gustos cambian, aparecen colores favoritos nuevos y los niños empiezan a añadir detalles que antes no se les ocurrían. La primera versión puede ser muy sencilla y meses después aparecer otra llena de accesorios, escenarios y ocurrencias. No hay que decirles cómo debe quedar. Parte de la diversión está precisamente en descubrir qué hacen ellos con una página en blanco y negro.
Y cuando apetezca una actividad tranquila, tampoco hay que preparar nada complicado. Basta con escoger el dibujo del Sr. Patata que más gracia haga, imprimirlo y dejar sobre la mesa unos lápices o rotuladores. El personaje ya aporta suficiente humor con sus piezas, sus expresiones y ese aire de estar a punto de protestar por algo.
Puede quedar parecido al Sr. Patata de Toy Story o convertirse en una versión que nadie haya visto jamás. Se le pueden añadir nuevos accesorios, cambiar todos sus colores, dibujar a sus amigos alrededor o inventar qué lío acaba de suceder. Lo realmente divertido es que, con tantas piezas para combinar y una personalidad tan peculiar, nunca se sabe muy bien qué Sr. Patata aparecerá sobre el papel hasta que el último rincón esté coloreado.

Con solo cinco años, Gustavo transformó un simple deseo de imprimir dibujos en una idea que hoy inspira a niños en más de 150 países.
Así nació Imprimivel.com, un proyecto creado junto a su padre, Jean Bernardo, para llevar color, imaginación y alegría en 10 idiomas, alcanzando a un público potencial de más de 800 millones de niños en todo el mundo.
Actualmente, Gustavo ayuda a seleccionar los contenidos, eligiendo con entusiasmo los temas y personajes que harán sonreír a otros niños, siempre bajo la supervisión de su papá, quien convierte las ideas del pequeño en realidad.
